Todos los caminos conducen a Roma, pero hay uno que te puede hacer descubrir mucho más de lo que puedes ver, tocar y sentir durante el viaje. Es la Vía Francigena, un camino de peregrinos y cruzados muy antiguo, cuya existencia e importancia ya se atestigua en un pergamino de 876.
Hoy, después de siglos, para miles de personas sigue vivo el deseo de emprender el viaje de la vida a lo largo de sus senderos a través del campo, a través de bosques, murallas nevadas, campos cultivados, colinas, orillas de ríos, grandes espacios, salvajes, luminosos y plácidos, ricos en belleza e historia, capaces de dar al viajero una experiencia inolvidable.
Un camino de más de mil años
La Vía Francigena no es realmente una calle, sino un conjunto de calles, una red de carreteras con muchas alternativas. El punto de llegada es, por supuesto, Roma, pero desde las distintas partes de Europa hay diferentes rutas que conducen a los Alpes y, desde aquí, al centro del cristianismo.
El itinerario de Sigeric, arzobispo de Canterbury, es el más antiguo y consta de 79 etapas meticulosamente descritas en un diario de viaje fechado en 990. Nikulás da Munkaþverá, abad benedictino islandés, nació en 1154 y, después de Roma, sigue embarcando desde los puertos de Apulia y aterrizando en Tierra Santa y Jerusalén. Matthew Paris, monje, miniaturista y cartógrafo inglés, es el autor de una guía para peregrinos escrita en 1273 y conservada en la Biblioteca Británica. Oddone di Rigaud, arzobispo franciscano y profesor de teología en la Universidad de París, llevaba un diario de sus visitas pastorales y de su peregrinación a Roma a lo largo de la Via Francigena en 1253.
La Via Francigena hoy
Hoy la Vía Francigena acoge a un público cada vez más internacional, con edades comprendidas entre los 16 y los 75 años, y tiene el mérito de fomentar el diálogo entre territorios, estimulando el sentido de pertenencia de las comunidades locales. La principal motivación de los que salen por la Vía Francigena es el propio camino, incluso antes de llegar al destino. Espiritualidad, conocimiento de sí mismo y búsqueda íntima de una relación renovada en armonía con la naturaleza y el entorno que la rodea son los valores que el viajero lleva en su camino.
La credencial
Es un documento que certifica que la persona que lo posee está en peregrinación a cualquier lugar de culto. Una especie de "carné de identidad" que el peregrino debe cumplimentar durante su viaje, como prueba y recuerdo del Camino recorrido, y que sirve para identificar al peregrino, para asegurar la autenticidad de la peregrinación y para permitirle el acceso a las instalaciones que albergan a los peregrinos.

